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viernes, 13 de diciembre de 2019

Ultra Costa de Almería. Arrancada de caballo y parada de burro.


Pues eso, una vez más, en esta ocasión en el Ultra Costa de Almería, 75 (casi 76 km) entre Aguamarga y El Toyo-Retamar, recorriendo buena parte de la costa del Cabo de Gata, visitando calas y subiendo algunos montes, con el mar al lado buena parte de la prueba en un recorrido que me ha parecido un auténtico espectáculo sobre todo en su primer tercio en una zona que no conocía.


El recorrido no es nada técnico (salvo algunos tramos cortos) y tampoco es especialmente duro, quitando alguna subidita se puede correr o medio correr casi todo, incluso en la bajada más “técnica”, y todo intercalado con zonas llanas o con ligeros toboganes (en los 75 km no llega a 1.800 metros de positivo).

La imagen engaña bastante en esta escala en cuanto a los desniveles.

Y eso es precisamente parte de mi “problema”, que, seguramente, salí demasiado rápido. Confiado en que la distancia y la dureza no eran excesivas y encontrándome muy bien y cómodo con una temperatura estupenda, fresquete a primera hora y luego el resto del día medio nublado, con aire flojo de espalda, aunque un poco más de brisilla lateral o de cara habría venido bien para refrescar un poco más, por lo menos a mí.


Así que hasta algo más de la mitad del recorrido voy con bastante buenos tiempos y haciendo buenos puestos en los controles (vamos a ver, buenos puestos para mí, jeje, más o menos en mitad de la clasificación). A partir de ahí empieza el terreno ”engañosamente” más fácil, la mayoría del desnivel ya lo hemos pasado y quedan un par de subidas más fáciles, pero el recorrido también se hace bastante más feo, con largas rectas por terreno prácticamente llano con ligeros toboganes por pistas y una subida y bajada larga y “fea” para llegar al faro de Cabo de Gata y una última subida y bajada dura y corta por carretera.

Y a partir de ahí, “la muerte”, casi 17 km. absolutamente llanos hasta meta, donde en teoría se “debería” correr, pero a los que llego completamente fundido, muy cansado y en los que voy trotando a ratos más por “vergüenza torera” que otra cosa, eso sí el susodicho trote a una “velocidad” de risa. Por aquí (bueno ya desde bastante antes, en realidad casi toda la carrera porque en el primer control es en el que he hecho mejor puesto y luego poco a poco he ido perdiendo posiciones) me pasa bastante gente, pero aquí más y la cosa es que casi todos van bastante tocados, pero yo más, no soy capaz de seguir el ritmo y me quedo continuamente de los que van adelantando. Los que mejor iban por aquí han sido el amigo Gerardo que con otro compañero iban guiando a un ciego, que deben haber hecho esos últimos kilómetros como motos (enhorabuena a Gerardo y sus compañeros, tiene un mérito increíble).


Con más pena que gloria llego a meta en 11 horas y 50 minutos en el puesto 119 de 150 que acabaron, tiempo que tampoco está tan mal, pero me queda el regusto amargo de la forma; de ir arrastrándome de mala manera tantos kilómetros “fáciles” al final.



Ah, y la banda sonora monótona monótona, desde aquí pido perdón a los que hayan coincidido en alguna parte del recorrido conmigo (algunos mucho rato), debieron quedar más que hartos. Resulta que llevaba toda la semana anterior con la garganta algo tocada y aunque había mejorado algo, me he pasado toda la carrera, desde el primer kilómetro al último, las 12 horas y alguna más antes y después tosiendo y carraspeando, no sé, si se multiplica tienen que salir miles y miles de tosidos y carraspeos, jajaja.

Pues eso, en definitiva una más y una provincia más en la que he corrido, que en Almería no lo había hecho, ni siquiera había estado nunca, así que me quedan ya poquitas para completar el mapa, nueve para ser exactos, habrá que seguir tachando.

Aquí mi carrera:


lunes, 23 de marzo de 2015

Los 500 de Asís. De Santiago a Ciudad Rodrigo. Capítulo 8 y fin.

27 de agosto. Día 8. Almeida - Ciudad Rodrigo.

Despierto en Almeida con algo de sobresalto, está amaneciendo y suenan cercanas y atronadoras unas diabólicas máquinas que poco después descubro que son una desbrozadora y uno de esos aparatos que hay ahora de "soplar" hojas y hierbas. Unos operarios están limpiando la muralla y zonas cercanas a mi "dormitorio" (creo que unos días después hubo en Almeida una feria de turismo o algo por el estilo, supongo que estarían dejando todo en "perfecto estado de revista").

Mi dormitorio en Almeida
Viendo amanecer sobre la muralla desde la cama
Hoy sí las ampollas ya son preocupantes, además me duele otra vez el tobillo. Así que tras las operaciones de rigor de pinchar, limpiar y medio curar las ampollas y el oportuno antiinflamatorio me pongo en marcha con dificultad, me cuesta mucho y voy medio cojo y con dolores por unas cosas y otras, pero esto es así, poco a poco empieza a calentarse el cuerpo y los dolores van desapareciendo, cojo buen ritmo y camino bastante a gusto, incluso me animo a trotar alguno tramos.

Tras el paso por Vale da Mula en 8 kilómetros y medio desde que salí de Almeida me dispongo a cruzar el río Turones (Tourões, para ser más exacto, ya que lo cruzo desde le lado portugués)


Y estoy de vuelta en España.


Paso junto al Fuerte de la Concepción (digno de una visita para quien no lo conozca) y llego a Aldea del Obispo. Aún es pronto pero ya se nota el calor y me apetece una cerveza, además tengo que cargar el GPS. Sé que no va a haber mi gasolina súper en forma de Super Bock, pero por la cercanía con Portugal tengo la vana esperanza de que tengan botellines de tercio, pero no, por esta zona nuestra el tercio de cerveza se estila poco, así que me pido una jarrita mientras como algo y charlo con unos paisanos a la puerta del bar.

Bajada para atravesar la Rivera de Dos Casas y tras el paso por Castillejo de Dos Casas se inicia un tramo muy ameno junto al río atravesando encinares y piaras de marranos que corretean felices, hasta las proximidades de La Alameda de Gardón. Desde aquí, ya por una de esas carreteras solitarias que conozco de  montar en bici y a Gallegos de Argañán.

Llevo 24 km en poco más de 5 horas. Hora de comer. Entro en un bar preguntando si hay algo para comer o si me preparan un bocadillo. De momento el hombre me dice que no tienen nada, pero va a preguntarle a la mujer. Al poco aparece la mujer, es portuguesa, me ofrece una ración de bacalao "a bras" que tiene por ahí que acepto encantado. Para el que no lo sepa el bacalao "a bras" es una receta portuguesa, seguramente la más común en esta zona fronteriza. Menuda paradoja, voy a comer por primera vez comida típicamente portuguesa precisamente cuando ya estoy en España.

Hago una larga parada para comer y aprovecho para ir dando noticias de mi paradero, del camino que me queda por delante, de la ruta que seguiré y de la hora aproximada para llegar a Ciudad Rodrigo a todos los amigos que ya están más o menos al tanto de mi llegada y que me van preguntando, unos para acompañarme en los últimos kilómetros y otros para esperar a las puertas de la Catedral, meta de esta "peregrinación".

Tras el descanso y con la camiseta limpia, la que sólo había usado para cambiarme y no oler demasiado a "chotuno" en algunas ocasiones, cuesta reanudar la marcha, además el terreno tampoco ayuda: una sucesión de repechos y bajadas por un secarral con el calor apretando y sin una sombra. La parada ha sido más larga de lo que pensaba así que intento recuperar algo de tiempo, caminando rápido o incluso trotar aprovechando alguna bajadita. Aunque con la modorra del calor, de la comida y las pocas horas dormidas la noche antes parece que marcho meramente por inercia, yo creo que he llegado a caminar incluso medio dormido. Estaba en uno de esos momentos cuando veo aproximarse un ciclista. Hasta que no ha parado y no ha empezado a hablar conmigo no lo he reconocido, es mi primo Chago, el primero que viene a mi encuentro para acompañarme (y al único que voy a citar, porque luego se fueron uniendo más amigos y seguro que me voy a olvidar de alguno). La verdad es que su compañía me vino muy bien, llegó en un buen momento para ayudarme a superar esa "tontuna" que llevaba encima.

Poco después se van añadiendo más amigos, saludos, felicitaciones, ánimos, agua fría (aunque yo llevaba agua, poder beber algo fresco se agradece), fotos. Se van uniendo niños y mayores, unos en coche, la mayoría andando y se conforma una pequeña caravana, con tanto revuelo se ralentiza un poco la marcha, voy a llegar algo más tarde de lo anunciado, pero está bien, apenas quedan 4 ó 5  kilómetros por terreno conocido y cercano, lugares habituales de entrenamiento.

Entramos en Ciudad Rodrigo por el Puente cuando empieza a caer la tarde,


subida por la Colada, donde me dan la bandera del pueblo que llevaré los últimos metros y directamente a la Catedral.






Meta, objetivo cumplido.


Allí espera más gente, algunos amigos, algunos curiosos que se deben haber enterado de la noticia y se han acercado a curiosear y supongo que algún que otro turista despistado y un tanto asombrado; de haber llegado un poco antes parece que había estado incluso la prensa local, pero estamos en plena Feria de Teatro que es el acontecimiento cultural más importante que se celebra en Ciudad Rodrigo y a esa hora ya ha comenzado alguna obra. El caso es que el recibimiento me abruma, en cierto modo no sé muy bien a dónde atender entre saludos, felicitaciones y fotos, muchas fotos.


Amos, no me jodas, que parezco una estrellita de tres al cuarto.
Allí mismo Abel Atalanta, ideólogo y padre de la criatura que por cuestiones varias no pudo llevar a cabo, me entrega una copa de "finisher" con la que poso luciendo orgulloso una camiseta "Jaramuga".



Somos "Jaramugos" y hacemos "Jaramugadas", retos deportivos en ocasiones, como la presente, un tanto alocados e incomprensibles para la gente ajena a nuestro mundillo, y esta peregrinación  ha sido de las jaramugadas buenas de verdad, en primer lugar por la brillante idea de Abel y después por el planteamiento y por la ejecución. ¿Por qué lo hacemos?. No hay que buscar muchas razones, es así y no hay más, como reza nuestro lema "En tos lus frentis".

Estoy renegrío, entre el sol y la roña de unos cuantos días ya sin una ducha.
Después del ajetreo inicial una pequeña ronda hasta la puerta de la exposición que se celebra en el contiguo Seminario con motivo del 800 aniversario del paso de San Francisco de Asís por la ciudad, que en definitiva es el origen de este reto de los 500 de Asís





y una visita al otro lado de la catedral,


donde se encuentran estas escaleras para bajar al atrio y (os voy a contar un poco de historia ficción) de las que se cuenta, que por ellas bajó San Francisco cuando al llegar a Ciudad Rodrigo se estaba construyendo la catedral. Seguramente no sea más que una ocurrente invención, pero lo cierto es que para bajar a ese atrio hay tres escaleras similares y las otras dos están perfectamente restauradas y acondicionadas y en estas parece que se mantiene la deteriorada piedra original, como si no se hubiera querido tocar esa "reliquia". En fin, habrá que preguntar a alguien que verdaderamente sepa acerca de la catedral el porqué no se han restaurado.


Para acabar con los datos: hoy han sido poco más de 41 kilómetros en 8 horas y 52 minutos de marcha. 


En total, si el señor Garmin no ha fallado mucho, en números redondos desde Santiago han sido 490 kilómetros en 99 horas en ocho días, con un desnivel total de 10.300 metros positivos y 9.900 negativos.



Etapas:

1- Santiago-Pontevedra. 67´35 km. 10 h 33´.
2- Pontevedra-Rubiaes. 70´8 km. 12 h 05´.
3- Rubiaes-Guimaraes. 81´63 km. 15 h 26´.
4- Guimaraes-Mesao Frio. 65´27 km. 13 h 33´. 
5- Mesao Frio-Gouviaes. 40´04 km. 10 h 25´.
6- Gouviaes-Peroferreiro. 51 km. 11 h 43´.
7- Peroferreiro-Almeida. 71´46 km. 16 h 29´.
8- Almeida-Ciudad Rodrigo. 41´18 km. 8 h 52´.

Algunos compañeros de viaje:

Mi pulsera del "todo incluido" de las vacaciones.



Las zapatillas (y el maltrecho tobillo). La verdad es que ya estaban en las últimas cuando decidí llevarlas frente a otras más nuevas, pero para tanto kilometraje preferí llevar unas ya "hechas" y creo que cumplieron bastante bien.



Algunas conclusiones.

Inicialmente este iba a ser un capítulo más amplio, pero el tiempo transcurrido hace que muchas de las conclusiones hayan caído ya en el olvido y queden sepultadas por el buen sabor de boca que la memoria selectiva hace prevalecer sobre los malos momentos, que tienden a olvidarse, o al menos no recordarse como tan malos.

En cualquier caso sí que es cierto que al acabar no estaba especialmente satisfecho. Sí, había conseguido cumplir el objetivo, incluso pese a la lesión del tibial, que estuvo a punto de dar con  todo al traste, casi había cumplido los planes en cuanto a los días de marcha previstos. Sin embargo no estaba muy conforme con la forma de lograrlo, habían sido demasiadas horas, y no sólo una vez producida la lesión, los días anteriores también había empleado más horas de las deseables, todo ello fruto de una deficiente preparación. Había sido todo un poco "al estilo jaramugo", un poco a la buena de Dios, sin un verdadero entrenamiento para afrontar el reto con garantías, confiando demasiado a la experiencia (aunque nunca había hecho algo, ni por aproximación, tan largo por etapas), a la veteranía, a la dureza de cabeza, a lo que muchas veces hemos llamado "tener el cuerpo hecho" a la ultra distancia. Y evidentemente sin todo eso habría sido imposible, pero no era suficiente. El plan inicial era correr más y caminar menos, Al final (y, como digo, no sólo por la lesión) he caminado mucho, teniendo que suplir con más horas lo que no lograba con más velocidad. Claro, que por otra parte no esperaba un terreno tan duro de subidas y bajadas tan fuertes los primeros días ni tanto asfalto, pensé que el camino sería mas pistas y senderos, pero el "urbanismo" del norte de Portugal con pueblos y aldeas unidos unos a otros sin solución de continuidad hace que transites continuamente por asfalto o lo que es peor por adoquinado.

Desde luego al acabar e incluso mucho tiempo después, habría descartado rotundamente repetirlo, ahora mismo creo que lo seguiría descartando, pero ya no sería tan rotundo, jajaja. Además juega el aspecto de sacarse una pequeña espinita. 

Por otra parte he "conocido" lugares y ciudades maravillosos, y digo conocido entre comillas porque apenas ha sido un paso fugaz, un visto y no visto, sin poder saborearlos ni disfrutarlos. La mayoría de esos lugares quedan pendientes de una visita más reposada. Sin embargo en el momento de acabar, salvo los lugares más destacados, apenas tenía recuerdos ni referencias de la mayoría. Ha sido al escribir esta serie de crónicas cuando la memoria se ha ido refrescando contrastando algunas notas, mapas, rutas y fotos. Precisamente esa es una de las razones por las que se ha retrasado tanto el escribirlas, cada vez que me ponía a ello se me iba el tiempo en primer lugar desplegando todas las fuentes de información necesarias para avivar la memoria y luego recordando lugares, situaciones o personas. Fundamental para ello las nuevas herramientas tecnológicas, particularmente los "tracks" proporcionados por el GPS que con el grado de nitidez que permite la ampliación de las imágenes de satélite me ha permitido casi revivir cada paso, pero al mismo tiempo me ha llevado muchas horas. Así mismo fundamental, mejor dicho indispensable la página del Camino Torreshttp://caminosantiago.usal.es/torres/ ) que describe el camino que empleó D. Diego de Torres Villarroel, Catedrático de Matemáticas de la Universidad de Salamanca para ir en 1737 de Salamanca a Santiago. Indispensable en el momento inicial de esta aventurilla pues es el camino que, a la inversa, he seguido yo y de donde tomé todo lo necesario para trazar la ruta. Y fundamental también en el momento final, pues las descripciones de cada una de las etapas y las numerosas fotos que las acompañan han sido el complemento necesario para traer a la memoria buena parte de los recuerdos plasmados en las crónicas.

Las cosas y los casos.

Y para acabar algunas de las cosas que van a quedar para siempre como recuerdo de los 500 de Asís.

En primer lugar mi Credencial de Peregrino. Normalmente es el documento que se usa para acreditar la peregrinación hacia Santiago mediante el sellado en albergues, parroquias e incluso bares de los distintos lugares de paso (es el mejor recuerdo que tengo de mi peregrinación a Santiago hace ya un montón de años). En mi caso no tenía nada que acreditar más que ante mí mismo, pero sí la quería para documentar el paso por tantos y tantos lugares, sin embargo por unas cosas y otras me aburrí pronto y únicamente la sellé hasta el segundo día, en el primer lugar en que dormí en Portugal. Sí que quise tener el sello final, el de la exposición de Ciudad Rodrigo.



La copa. El bueno de Abel quería entregarme algo en el momento de acabar, algo con que escenificar el cumplimiento del objetivo. Tratándose, en principio, de un reto de carácter deportivo lo más recurrente era una copa, aunque a él no le gustase mucho y se arrepienta de no haber tenido una mejor ocurrencia. Da lo mismo, lo que cuenta es la intención. Gracias. 






Aunque en principio la idea de los 500 de Asís era algo meramente nuestro, el tema fue teniendo cierta difusión a través de medios de comunicación locales y llegó a conocimiento de los organismos encargados de la conmemoración oficial del Año Franciscano. De modo que gracias a la iniciativa de José Ramón Cid se me hizo un pequeño reconocimiento "oficial" en la sede de la Exposición con entrega de un libro relativo al paso de San Francisco por España.




Un reconocimiento inesperado y más entrañable fue el que se produjo en la San Silvestre de Martiago. Los organizadores de una modesta "carrera de pueblo" (por supuesto dicho con todo el cariño del mundo), Agustín y Floren tuvieron conmigo el enorme detalle de entregarme una placa (por cierto, pedazo de placa) por sorpresa al acabar la carrera. Muchas gracias a ambos, así como a los que, sabiéndolo, contribuyeron a mantener la sorpresa




Pero si hay una cosa que apreciaré siempre y por encima de todo como recuerdo de estos 500 de Asís es esta camiseta obra de Susa, dibujada a mano, que reproduce al San Francisco "orejón" de la catedral. Muchas gracias comadre y un enorme beso.




Así, con estas mismas fotos con que iniciaba la primera de esta serie de crónicas hace ya muchos meses las cierro ahora, dando las gracias también a todos los que se interesaron por mi reto deportivo-peregrinación de Santiago de Compostela a Ciudad Rodrigo en agosto de 2014, a los que me aconsejaron y animaron en los momentos difíciles, a las buenas gentes que fui encontrando por el camino dispuestas a ayudar, a los que siguieron en su día mis venturas y desventuras y a los que las han seguido después a través de estas crónicas, a los que me acompañaron en los últimos kilómetros y a los que me recibieron y retrataron cual estrella (fotos que ilustran esta crónica) junto a la catedral.

Y con el lema franciscano me despido:

PAZ Y BIEN.

lunes, 2 de marzo de 2015

Los 500 de Asís. De Santiago a Ciudad Rodrigo. Capítulo 7.

26 de agosto. Día 7. Peroferreiro - Almeida.


Me levanto muy temprano de mi lavadero, mañana fresca y a la tarea. Camino tranquilo, pero sin pausa, con las molestias en el tobillo, quizás un poco más que los días anteriores, como ya he dicho en otros días sobre todo en las bajadas con más desnivel, aunque no me impiden caminar.

Pasado un primer tramo llano se comienza a subir, se atraviesan zonas de viejos montes solitarios que a estas tempranas horas de la mañana, con algo de neblina y en alguna ocasión el camino poco claro, diría que por primera y única vez en todos los días de la marcha me hacen sentir realmente solo y medio "abandonado" en medio de la nada con cierta "preocupación".

Fuerte bajada hasta Sintrão, y vuelta a subir entre grandes berrocales graníticos, su simple visión me anima, significa que me estoy acercando a "la raya", a partir de ahora van a ser frecuentes. Al acabar esa subida estoy ya a las puertas de Trancoso, donde paro a desayunar. Llevo algo más de 15 km en 3 horas y 40 minutos.



Y en Trancoso, la revelación. Mientras desayuno me dedico como en otras ocasiones en que hago paradas a dar noticias a través del "facebó" (por cierto me llama bastante la atención que en Portugal en casi todos los sitios en que he parado había Wi-Fi, incluso en algunos en los que en principio no lo pensaría). El caso es que dando noticias de mis penurias y mis lesiones recibo ánimos y consejos de algunos amigos, particularmente de dos grandes ultrafondistas, por una parte de Óskar Oskemerando (cinco Tor des Géants en sus piernas) para las ampollas, aunque un poco complicados de llevar a la práctica en ese momento además de que las ampollas, por ahora, no son tan graves y por otro de Emilio Comunero (entre sus "muescas" está el Spartathlon que hizo este año), quien tras un breve intercambio de mensajes me hace un perfecto diagnóstico de la lesión del tibial y tobillo como si los estuviera viendo y me recomienda, por experiencia propia, un antiinflamatorio algo más eficaz y rápido que el ibuprofeno y la crema que me estaba aplicando, voltarén en supositorio. Como he dicho en otras ocasiones mis molestias no eran del todo incapacitantes, pero me daba un poco de miedo forzar y hacerme algo más grave, pero por probar no pierdo nada. Nada más salir de la pastelería en la que desayuno, al doblar la esquina hay una farmacia que visito inmediatamente. Tras una breve vuelta salgo del casco amurallado de Trancoso en una continua y larga bajada. Supongo que el antiinflamatorio hizo su efecto rápidamente, a los 10 ó 15 minutos empecé a notar cierta mejoría. O la tal medicina es dinamita pura o me hizo una gran efecto de sugestión, pero en poco más de una hora estaba empezando a trotar muy suave en algunos tramos favorables después de un par de días en los que únicamente había caminado. No es que fuera nada del otro mundo, porque aunque "médicamente" medio pudiera y mentalmente quisiera, el cansancio me podía, pero me hacía ilusión poder corretear aunque fuera unos cientos de metros de vez en cuando, además durante unos cuantos kilómetros atravieso un terreno muy favorable de suave descenso. Sin embargo, de vez en cuando, al correr, me dan unas "mordeduras" muy dolorosas en la zona inflamada, sin motivo aparente de malas pisadas ni nada por el estilo y que achaco (en mi ignorancia, y que no sé si será así realmente) a que el músculo o el tendón inflamado o lo que sea "está volviendo a su sitio". 

Al final de todo este tramo se llega a un riachuelo junto al que se transita durante casi un kilómetro aprovechando el frescor del bosque de ribera. La tranquilidad y soledad son absolutas, cuando de repente oigo un chapoteo en el agua, al dirigir la vista hacia el lugar suena otro ruido como el anterior y veo, o mejor intuyo, algo entrando en  el agua desde un tronco semi sumergido. Al estilo de como se ve a los cocodrilos en los documentales cuando se lanzan al agua. Me digo que no es lugar para cocodrilos, así que supongo que serán nutrias. Poco más adelante vuelvo a ver fugazmente otro animal, imagino que otra nutria, cruzando el camino. Mira con qué poco se puede uno alegrar la solitaria marcha.

Tras cruzar el río y afrontar una corta pero dura subida se llega al pueblito de Póvoa d´El Rei, donde se produce otro de esos momentos que te quedan en el recuerdo después de una de estas aventurillas. Son las horas de mediodía y hace bastante calor, a la puerta de casa, a la sombra, hay una pareja de esta gente mayor que queda en los pueblos que tras un saludo y una breve conversación, en la que me indican que de vez en cuando se ve pasar gente hacia Santiago, me invitan amablemente a beber agua fresca o comer algo de fruta. Invitación que sin embargo declino porque he comido algo de lo que yo llevaba poco antes y quería llegar al siguiente pueblo, un poco más grande, ya para parar a comer y a descansar un rato.

Sin embargo tenía que haber aceptado la invitación, porque el siguiente pueblo, Valbom estaba algo más lejos de lo que esperaba y se me hizo largo llegar. En Valbom, en contraste con la serenidad de la pareja de abuelos de Póvoa, al entrar en el bar, junto a los parroquianos habituales que se diría que casi forman parte del mobiliario había un par de familias de emigrantes "de la Francia"  y el bullicio de sus críos. 

Sin más incidencias me acerco a Pinhel, donde se entra por un pequeño polígono industrial donde me empieza  a seguir un perro que me acompaña por las largas avenidas que me llevan al centro de la ciudad y al que intento espantar, con poco éxito, para que se vuelva, viendo que se está alejando demasiado del lugar en el que lo encontré. Finalmente consigo dejarlo atrás y, aunque la tarde va cayendo, llego con bastante calor al centro, donde me tomo el inevitable par de Super Bock y en un pequeño parque me hago una foto con este señor, que no sé quien es, pero creo que era un poeta.


Tanto Pinhel, como Trancoso, y en realidad, como casi todas las ciudades y muchos de los pueblos que he atravesado durante la ruta quedan pendientes de una visita turística con más calma.

Llevo 48 km. en 10 horas y 20 minutos, pero me encuentro bien, la "droja" ha hecho su efecto perfectamente, y quiero acercarme lo más posible a Almeida.

Salgo de Pinhel ya con la tarde caída y al poco empieza a anochecer, en primer lugar, una vez internado en el campo me encuentro una zona quemada recientemente, es raro que no hubiera visto más, porque en Portugal los incendios son  (o la menos lo eran hace unos años) más que frecuentes, y una vez ya de noche paso un momento de cierta preocupación, al principio era un sonido más o menos lejano, pero según me acerco se oyen ya muy cerca unas explosiones que me parecen tiros de escopeta, por un momento dudo si continuar avanzando. Voy por un camino cómodo en medio de la tarde-noche y del campo, la verdad no me imagino a nadie pegando tiros así a tontas y a locas por la noche, no se ven luces ni coches ni nada ni nadie que me haga pensar que haya cazadores, pero un poco con la mosca detrás de la oreja cuando los "tiros" se oyen más cercanos voy un rato caminando semi agachado, aprovechando además un pequeño terraplén del terreno. Lo cierto es que los ruidos eran constantes y regulares, lo que me hace abandonar la idea de los disparos y me lleva a pensar más bien en que haya algún almacén o alguna plantación cercana que recurra a esos "disparos" para espantar algún animal. Ahora revisando el recorrido en el mapa del Garmin veo que había cerca lo que parece una cantera, supongo que los ruidos vendrían de allí.

Pasado este pequeño sobresalto continúo caminando muy a gusto. Hace una noche muy agradable en cuanto a temperatura y voy feliz de la vida y disfrutando enormemente del placer de caminar en la noche, sin molestias y sin prisas, sin agobios de distancias ni de tiempo, ya sé que salvo "cataclisno" al día siguiente estaré en Ciudad Rodrigo y me tomo la caminata como si acabara de salir a dar un paseo en la noche; a lo que sin duda ayuda el que es una noche preciosa sin nada de luna y con todas las estrellas brillando y marcando espectacularmente la Vía Láctea. Recuerdo que de pequeño mis padres me decían que siguiendo la Vía Láctea se llegaba a Santiago (de hecho también se la llama Camino de Santiago), miro hacia arriba y precisamente el reguero de estrellas se dirige hacia el noroeste, de donde vengo desde hace 7 días (quizás sea casualidad porque parece ser que dependiendo del día y de la hora puede apuntar en cualquier dirección), pero me hace ilusión pensar que sigo su camino que está marcando mi ruta y al mismo tiempo me lleva a recordar mi peregrinaje a lo largo de los días anteriores. Al apagar el frontal en alguna de esas miradas la cielo, compruebo que mi vista se adapta perfectamente a la oscuridad y pese a no haber nada de luna decido caminar sin la luz del frontal, como queriendo unirme más a esa noche y ese cielo mágico que me envuelven. Lo cierto, es que hablando de un modo un poco más prosaico y con los pies en el suelo (nunca mejor traído) el camino ayuda mucho para poder ir a oscuras, al ser una pista cómoda, apenas sin baches, en terreno despejado y sin sombras y ser de una tierra muy clarita fruto de las descomposición del terreno granítico.

Y si la noche parecía perfecta, contradiciendo por una vez ese fatalismo que parece que tiene que desembocar en alguna circunstancia que dé al traste con algún momento de felicidad, en este caso fue al contrario. Llego al pueblo de O Pereiro, llevo 8 kilómetros desde que salí de Pinhel, 56 desde que comencé a caminar en Peroferreiro y son más de las 10 de la noche. Llego al bar, en la puerta aprovechando la agradable noche hay algunos clientes y dentro sólo la dueña, su hija y su nieto. Pido la consabida Super Bock y algo de comer y la señora Julieta me pregunta si voy a Santiago (como he dicho en otras ocasiones este Camino Torres a Santiago no es que sea muy frecuentado, pero sí que me da la impresión de que se va dando a conocer poco a poco y cada vez más van pasando, aunque sea a cuentagotas, peregrinos, por lo que en algunos de los pueblos por los que se pasa ya están relativamente habituados a ellos). Le contesto que no, que voy a Ciudad Rodrigo pero que en cierto modo estoy haciendo una peregrinación en homenaje a San Francisco de Asís. Pues bien, para ella es suficiente, me dice que a todo lo que beba y coma en su casa me invita ella, que tiene una "promesa" por la cual ayuda de este modo a los peregrinos a Santiago (salvo que sea un grupo numeroso, ahora no recuerdo si más de 5 ó 6). El bar es a la vez la tienda del pueblo y me pasa al local anexo para que le pida lo que quiera. Con un poco de embutido y de queso será suficiente.

El "Café de Julieta" en O Pereiro, con la señora Julieta al fondo
Mientras como vamos charlando algo, pero cuando acabo empieza una larga conversación con abuela, hija y nieto explicándole mi propósito, mi camino. Se quedan un tanto asombradas de que ande yo solo ya de noche (lo típico de estos casos, que si no me da miedo y cosas por el estilo) y cuando después de más de una hora de charla les digo que me dispongo a continuar camino me dice la señora Julieta que cómo me voy a ir tan tarde, que me puedo quedar a dormir en su casa. Finalmente me marcho haciéndole la promesa de enviarle una postal cuando llegue a mi destino (como han hecho otros peregrinos a quienes ha ayudado, y que con todo el cariño del mundo va colocando en un tablón en el mismo bar) y además como Ciudad Rodrigo está relativamente cerca también le digo que le haré una visita, visita que en efecto le hice algún tiempo después.

Reanudo la marcha con una fuerte cuesta que me llevará a un altiplano hasta alcanzar una carretera por la que a estas horas (deben ser cerca de las 12 de la noche) pasa algún coche muy de vez en cuando. Se camina por ella o por una camino paralelo durante unos 2 kilómetros y después de otro par de kilómetros más se llega al pueblo de Valverde. Yo sigo feliz de la vida, con la alegría de lo recién vivido, caminando a ratos a oscuras y disfrutando de la noche y las estrellas. Camino muy tranquilo, como si fuera de paseo, por lo que no llego a tener sensación de cansancio y por momentos incluso me planteo seguir caminando durante toda la noche como si fuera la noche de una ultra. 

Me acerco al río Côa, se inicia un fuerte descenso hasta llegar a cruzar el viejo puente, escenario de algunas batallas en la Guerra Napoleónica por controlar este importante paso, ya que el río va bastante encajonado y no sería fácil cruzar por ningún otro sitio. En la noche no se aprecia bien, pero desde lo alto del puente sí te puedes hacer una idea de su grandeza y espectacularidad, queda pendiente, cómo no, de otra visita. Toca volver a ganar altura para recuperar lo que he bajado anteriormente y ya se me empieza a hacer pesado, además me empieza a molestar algo el tobillo, forzosamente abandono la peregrina idea de continuar caminando toda la noche, me quedan 3 ó 4 kilómetros para llegar a Almeida que se me están haciendo largos, llego tocado y busco un sitio para dormir en la terraza-galería de un viejo cuartel junto a las murallas al resguardo de posibles curiosos.

Al descalzarme me encuentro una desagradable sorpresa,  me han salido nuevas ampollas en ambos pies, que si bien me venían molestando algo no pensaba que fueran tan grandes. Por cierto, me quito por primera vez el calcetín del pie izquierdo después de tres días, jeje, ya sé que puede ser una guarrada, pero en ese pie es donde tenía alguna ampolla desde hacía días, y como hasta ahora no me habían vuelto a dar guerra había preferido "no meneallo" y evitar tentar a la suerte.

Son las 4 de la mañana, he hecho 71 kilómetros y medio en 16 horas y media de marcha, sin contar las largas paradas del día. Me quedan 41 kilómetros para llegar a casa. A dormir.

La ruta:

sábado, 27 de diciembre de 2014

Los 500 de Asís. De Santiago a Ciudad Rodrigo. Capítulo 6.

25 de agosto. Día 6. Gouviães - Peroferreiro.

Salgo pronto de mi refugio, no sea que vaya alguien por allí de buena mañana y al empujar la puerta yo me lleve un golpe y el "intruso" un susto.

En menos de un kilómetro se pasa por Ucanha, para haberlo sabido la noche antes, porque es un pueblo un poco más grande y con más infraestructura para haber cenado en condiciones y un interesante puente medieval con una torre fortificada que lo "cierra" para cruzar el río Varosa. Aún es muy pronto y está todo cerrado, así que continúo sin desayunar.

Ando cómodo, fresco y avanzo relativamente rápido pese a la subida continua desde Ucanha. Nada reseñable en esta parte de la etapa, voy caminando con el pie hinchado y bien "rebozado" de crema, se atraviesan varios pueblos, pero a diferencia de los primeros días ya son pueblos "más concentrados", no es la continua dispersión de casas por todas partes, se hacen tramos más largos y solitarios por campos y montes. También las cuestas han cambiado, o al menos esa es mi percepción, esto sigue siendo por lo general un sube y baja, pero las cuestas tanto para arriba como para abajo son más tendidas, aunque en ocasiones sean más largas.

La llegada a Moimenta de Beira me alegra, el hecho de que una ciudad lleve el nombre de "Beira" me indica que me voy acercando, la Beira ya me suena a región fronteriza con España. 


Aquí busco una pastelería y me arreo por fin un buen desayuno, llevo 4 horas y 17´5 km. Pero paro más de lo que quería, aprovecho una fuente para cargar agua, pero también para refrescarme un poco y más o menos "repararme" un pie. Salgo ya de Moimenta con calor, por un tramo muy largo con pocos desniveles en ocasiones por la carretera y en otras haciendo algún zig zag para esquivar tramos complicados. Hasta una dura subida a lo alto de un monte donde hay un monasterio y posterior bajada también fuerte para llegar a Vila da Ponte

A partir de Vila da Ponte queda poco para llegar a mi siguiente objetivo, Sernancelhe, unos 3 kilómetros de subida en su mayor parte por caminos de tierra y empedrados, que sin embargo se me hacen eternos, ya hace mucho calor y en teoría con lo poco que me va quedando para llegar ya se debería ver o, al menos intuir, el pueblo, pero no hay signos de nada, sigo caminando entre árboles y ya se divisa lo más alto de la cuesta, donde debía estar el pueblo, pero hasta que no estás ya encima no se ve nada. Por fin entro en Sernancelhe por la parte vieja, en lo más alto de un monte, me sorprende, es un pueblo interesante. En seguida se llega a una plaza donde hay una terraza de un bareto, es hora (ya bastante tardía) de comer y de descansar. Llevo 37´5 km y 8 horas y media de caminata. De comida una hamburguesa (más bien tirando a pequeña) y las indispensables Super Bock.


En cuanto a la comida, yo mismo me sorprendo de lo poco que necesito, la mayoría de los días las comidas han sido frugales, cuando no claramente insuficientes, sin embargo en ese sentido no me siento especialmente mal, cierto que en ocasiones me habría apetecido comer algo más o algo "más contundente" y me he tenido que conformar con lo que hubiera en ese momento, pero una vez en marcha no me he sentido flojo por el tema de la alimentación. De hecho en mi equipaje iban gominolas y barritas, las gominolas creo recordar que sí las acabé, pero las barritas volvieron a casa casi la mitad y las que comí fue sobre todo para completar (o sustituir) alguna comida demasiado escasa (como las que consistieron en una bolsa de patatas fritas), pero en el camino raramente paraba a comer.

 Descanso al cuerpo y sobre todo al maltrecho tobillo. Hinchado y enrojecido.


Sin embargo el tibial-tobillo no empeora, digamos que la lesión persiste, pero no se agrava, tampoco le doy ocasión. Camino con ligeras molestias, pero no se me ocurre correr, porque entonces temo que sí se pueda agravar. Mi "auto-diagnóstico" es que sea una sobrecarga por tanto sube y baja de los primeros días, pero no descarto que pueda ser (o llegar a ser) otra cosa más grave. Eso sí las molestias son mayores en las cuestas, sobre todo para bajar, si hay mucha pendiente me molesta y mucho. Y el tratamiento crema, hielo que me voy poniendo cuando paro y un ibuprofeno por la noche, que yo creo que no me hace prácticamente nada, pero he leído por ahí que tomarlo en pleno ejercicio puede dar problemas así que prefiero no tener otras complicaciones. En cuanto a las ampollas del pie izquierdo no me han vuelto a dar guerra, están digamos en estado "latente" y en el pie derecho, de momento, no tengo problemas

Tras el descanso reanudo la marcha, quiero hacer otros 13 ó 14 kilómetros y llegar a algún punto intermedio antes de Trancoso, que es la siguiente ciudad.

Se deja Sernanclhe por terreno cómodo entre bosques de castaños, pero poco a poco me empieza a molestar la planta del pie derecho en la zona de los metatarsos. En principio pienso que es un dolor recurrente que me aparece en las larguísimas carreras de ultradistancia cuando llevo muchas horas y muchos kilómetros, sin embargo es una ampolla que se me forma en esa zona, pienso que por llevar todo el día el calcetín húmedo por el hielo que me voy poniendo en el tobillo. Para evitar males mayores me cambio de calcetín y me pongo un compeed, pero no queda bien pegado y se me va soltando, con lo cual el dolor en la planta del pie cada vez es mayor, intento apoyar esa zona lo menos posible quizás cargando otras partes, con algunos pinchazos en la tibia que me van preocupando, como último remedio intento descargar de trabajo la pierna y el pie cargando más con los brazos y los bastones, y menos mal que el terreno es cómodo. Finalmente llego ya de noche a un pueblín, Peroferreiro, donde encuentro un curiosísimo bar y un no menos curioso dueño. El bar es una especie de recopilación de cacharros de antiguo uso popular, aviones en miniatura, billetes de todas partes pegados en la pared y un variado muestrario de cachivaches, supongo, que de las guerras coloniales portuguesas, incluyendo un especie de maniquí vestido con un traje y máscara antigás. Todo ello cubierto por una más que digna capa de humo y polvo acumulada a lo largo de los años que le confieren una peculiar solera.

Cuando entro sólo hay un chaval, que después descubro que es hijo de los dueños, con indudables dotes mercantiles, rápido me pregunta y me ofrece alojamiento, al rato aparece el padre y cuando pido algo para cenar, la madre. Aunque el bar también es "restaurante" no me hace más que un par de pequeños bocadillos, poco después bajan de cenar del piso de arriba una cuadrilla de obreros, supongo que la comida requiere previo encargo. El caso es que el alojamiento que me había ofrecido el muchacho ya está ocupado por los obreros. El dueño me recomienda un merendero junto al río para dormir, pero debía estar más alejado de lo que yo pensaba, tras dar por allí una vuelta no lo encontré así que me busqué otro acomodo, en este caso un lavadero con tejadillo a las afueras del pueblo. Supongo que mientras anduve merodeando alguien me vería pasar y extrañados y quizás incluso preocupados por la presencia en la noche de un extraño forastero en su pueblo desierto, salieron a "investigar" mientras me estaba instalando en mi acomodo. En parte me vieron porque yo quise y les di más explicaciones de las que debía, pero prefiero que quede el asunto aclarado, que comprueben que no soy un delincuente en fuga y me dejen tranquilo cuanto antes.

Finalmente han sido 51 kilómetros en 11 horas y 43 minutos.


La ruta:
-Entre Gouviaes y Sernancelhe: http://connect.garmin.com/activity/576622269
-Entre Sernancelhe y Peroferreiro:  http://connect.garmin.com/activity/576622294

sábado, 15 de noviembre de 2014

Los 500 de Asís. De Santiago a Ciudad Rodrigo. Capítulo 5.

24 de agosto. Día 5. Mesão Frio - Gouviaães.

"Decíamos ayer" que me había ganado y conseguido "in extremis" una habitación (en realidad una pequeña casa entera para mí). E igualmente "decíamos ayer" desmoralizado, cansado y lesionado que no sabía qué iba a pasar al día siguiente, si seguiría o abandonaría. Ufff, me cuesta levantarme, pero he decidido seguir, a ver qué pasa y cómo evoluciona la lesión del tibial y la hinchazón del tobillo. Eso sí, sin prisas, así que antes de salir de casa paso un buen rato de cuidados: reparando las ampollas (tengo varias en el pie izquierdo, pero salvo una en el talón, tampoco muy graves) y embadurnándome de crema el tobillo derecho.

El tobillo hinchado, enrojecido y brillante de la crema antiinflamatoria al inicio del día.

Además después de desayunar en la pastelería donde había "medio cenado" la noche anterior pido unos hielos que coloco en una bolsita en el tobillo sujeta con el calcetín y que iré renovando en las sucesivas paradas a lo largo del día, no sé si servirán para algo, pero bueno.

Comienzo junto al pelourinho de Mesao Frio.
Me pongo en marcha ya algo tarde, pero como digo tampoco voy a ir con prisas, se trata de probar si puedo continuar. De momento el recorrido es por una carretera a media ladera entre viñedos aterrazados, todo lo que alcanza la vista, a ambos lados del río Duero, son "quintas" y pequeños pueblos rodeados de viñedos. De aquí es de donde sale el vino de Oporto. 


También muchas carreteras y caminos a distintas alturas que suben, bajan y se entrecruzan, lo que, nada más salir de Mesão Frio me lleva a estar un rato dando vueltas adelante y atrás mirando el GPS por un lado y las flechas por otro. Las laderas del valle son muy empinadas, aunque por una vez "mi" camino apenas tiene desnivel, lo cual se agradece, eso sí, al ir casi todo el rato a media altura hay que dar muchas curvas y rodeos para ir salvando las numerosas vaguadas que caen hacia el Duero, pero para que no me olvide de dónde estoy alguna hay que se cruza a base de un brusco baja y sube.

Mas adelante se inicia la bajada hacia el río, hacia Peso da Regua , de momento de forma continua pero suave y cómoda. Voy caminando con un cansino "ritmo peregrino" y me pasa un corredor. ¡Ay!, me comen las ganas y una insana envidia, que será en cierto modo aplacada cuando poco después se dé la vuelta y sea el momento en que le toca subir, jeje. Con tales precauciones, ni siquiera he hecho amago de correr en ese terreno favorable. El tobillo, aunque hinchado, no me molesta mucho. Eso sí, cuando ya se alcanza a ver Peso da Regua desde las alturas, lo que normalmente habría sido una preciosa vista, para mí se convierte en una bajada a los infiernos, me espera otro terrible descenso hasta el río. 


Desde allí arriba se ven ya los barcos turísticos, los pequeños que dan una vuelta por las proximidades y sobre todo los impresionantes barcos, para ser un río, que hacen la travesía de varios días o bien desde el propio Peso de Régua o bien desde el muelle de Vega Terrón en España hasta Oporto. Por un momento se me pasa por la cabeza que lo que tenía que hacer era coger uno de esos barcos, o bien el tren que va paralelo al río y que también hace un interesante trayecto turístico y venirme para casa vía Vega Terrón y Lumbrales, jajaja. Pero primero tengo que llegar hasta allí abajo, serán unos 200 metros de descenso en kilómetro y medio.

Una vez en Peso da Regua, mi camino discurre por un tranquilo paseo junto al río con gente paseando, pescando o sencillamente tomando el sol, o la sombra, porque allí abajo calienta con gusto. Es mediodía, he hecho 16´4 km en cuatro horas y veinte, que no es que sea un récord precisamente, pero toca refrescarse y comer algo, tampoco es que tenga mucha hambre, la comida será un trozo de pizza, eso sí, imprescindibles un par de Super Bock.


Tras una larga parada continúo, está animado el paseo junto al río y eso que hace mucho calor, estoy en el fondo del valle y es mediodía. Tras cruzar el río toca remontar de nuevo para ganar la ladera contraria, de momento de forma suave y luego muy bruscamente para alcanzar una plantación de viñedos entre los que va a discurrir el camino durante un buen tramo haciendo surgir la duda ya que parece un camino de la propia "quinta" más que un camino público, desde luego te ves integrado en el paisaje que te rodea. Aparentemente y sobre el mapa parece un rodeo un tanto absurdo, pero quizás sea por pasar por el puente sobre el río Varosa en un paraje de cortados rocosos, agreste y ciertamente llamativo. Toca volver a remontar entre viñas y olivos, de momento, para salir de ese valle encajonado (de hecho hay una presa un poco más arriba) y más adelante, tras pasar por las intrincadas calles de Sande, de nuevo con fuertes subidas por laderas de quintas y viñedos ganar altura hasta el próximo objetivo Lamego.

Justo a la entrada me encuentro una especie de "procesión" de religiosos que poco más que cruzando la calle se dirigen a un colegio, cuando ya iba a pasar de largo continuando mi camino me llamó la atención un mural de azulejo en el que entiendo que se reflejan las actividades de alguna orden religiosa, pero en el que destaca especialmente el lema central "Per aspera ada astra". Como he comentado en alguno de los capítulos anteriores el teléfono, aunque a mano,  lo llevaba siempre apagado y por eso apenas hay fotos del camino (únicamente de los lugares de parada), pero en esta ocasión tenía que encenderlo y hacer unas fotos. En honor a Abel Atalanta.


"Per aspera ad astra".
Tras pasar junto al castillo me encamino al centro de Lamego. Es domingo, media tarde y parece que está todo el mundo en la calle, en el paseo central que conduce a las famosas escalinatas que llevan hasta el santuario que preside esta parte de la ciudad. No sé qué se celebraría, pero en ese paseo hay una feria de alimentos y artesanía, unos tíos subidos a un escenario dando brincos con una música espantosa y un montón de gente abajo haciendo lo mismo (supongo que sería eso que ahora se llama "zumba" o algo por el estilo)

Zumba que zumba.
 y otro escenario preparado para algún concierto imagino que de percusión a base de toneles de vino.


Me habría gustado verlo, o al menos una parte a ver de qué se trataba, pero pese a que hago una parada bastante larga y me tomo una cerveza tranquilamente en una terraza, ya que hoy vengo casi en plan turista, tengo que continuar otro poco y se me está haciendo tarde. Así que foto junto a la catedral y a continuar camino.


Deambulo tranquilo mientras va anocheciendo, nuevamente subidas y bajadas, pero ya más tendidas y ya es hora de ir pensando en parar, paso varios pueblines en los que no hay bar, me es necesario tanto para cenar algo, como sobre todo para cargar el GPS. Ya noche cerrada y atravesando un pueblo fantasma milagrosamente encuentro a un paisano que me dice que hay bar en el pueblo siguiente apenas a dos kilómetros. Allá me encamino. Llego a Gouviães, otro pueblín aparentemente tan fantasma como el anterior y sin saber muy bien a dónde encaminarme, al llegar a las primeras casas coincide que sale un hombre al jardín, le pregunto por el bar en mi mejor chapurreao de portugués y me dice que no me entiende, que es francés. Jajaja, menuda situación de chiste, un español y un francés intentando medio entenderse en portugués en medio de la noche en un pueblo perdido del Portugal interior. En fin, ahora toca chapurrear en mi francés de los tiempos del instituto y de eso hace muuuuuchos pero que muchos años, y sorprendentemente me sale "muy fluido", más de lo que cabía esperar, lo suficiente como para entenderme con el hombre que ya me indica dónde es el bar.

El bar lo encuentro porque hay unos parroquianos a la puerta, no porque tenga nada que lo identifique. El señor que lo "atiende" digamos que está allí porque de todo tiene que haber en la vida, pero si no hubiera estado tampoco habría pasado nada. Pido algo para comer y no hay nada, ni un bocadillo, así que otra vez el menú se va a componer de una bolsa de patatas fritas y un par de barritas mías. Para tener la sensación de haber cenado como Dios manda me pido un café con leche, el paisano me lo pone solo. Le pregunto por la leche pensando que no me había oído o entendido bien y tras mirar con cara de extrañeza (en Portugal no se estila mucho el café con leche salvo para desayunar) me dice que no tiene, aunque rebusca un poco y en una cámara encuentra un cartón de leche... congelada. Pues sí, anda que está bueno este tío, no sé para qué puede querer un cartón de leche congelada, y vaya usted a saber desde cuándo está allí.. No me gusta el café solo, pero ando allí un rato mareando la perdiz porque además tengo que esperar a que el GPS cargue. Esto de andar así a salto de mata me obliga a hacer paradas demasiado largas en ocasiones mientras carga el GPS o el teléfono. Cuando está ya casi cargado del todo y observo que el hombre, que está charlando con otro paisano, ya va teniendo ganas de cerrar el tenderete, recojo mis bártulos y a buscar acomodo para dormir. Para estas noches de dormir "donde cayera" había pensado buscar preferentemente las iglesias o esas ermitas que suele haber a las afueras de los pueblos que suelen tener un atrio con tejadillo, sin embargo ninguna noche dormí en tales sitios. Aquí, justo la doblar la esquina del bar está la plaza del pueblo, en la que había una terraza elevada que debe funcionar de escenario (creo recordar que sobre la pared había algo rotulado de la banda de música). Me pareció un buen sitio buscando un rincón un poco más apartado y donde no daba directamente la luz de las farolas. Justo donde voy a tirar el saco hay una puerta de unos servicios, me da por empujar y está abierto. Vaya sorpresa, contra todo pronóstico, unos servicios bastante nuevos, perfectamente limpios y sin malos olores, dos cubículos con una pequeña zona de entrada en la que justo justito entra el saco, mira tú por dónde voy a dormir bajo techo, jajaja.

Han sido 40 km en 10 horas y 25 minutos, de récord del mundo, jajaja, también con bastante desnivel, 1.470 m. positivo. A ritmo casi de paseo, sin correr ni una zancada, ni siquiera intentarlo, pero he podido completarlos. La lesión ni mejor ni peor, lo que me hace ser optimista y replantear cálculos, quedan algo más de 150 km. así que si hoy sin forzar he hecho 40, apretando un poquito puedo hacer 50 al día, aunque sea a base de hacer más horas. Las ampollas tampoco me han dado guerra salvo en alguna pisada en alguna piedra.